(Publicado en L'A 26 - 4to. Trim. 2001)
COMPAÑERO DE ARMAS
Por Santiago Lyon (UPIFC)
Un par de oxidados armazones de fusil de asalto kalashnikov descansan sobre un estante en una de las casas de Julio. El mismo tipo de arma que ha fotografiado, ha escuchado, ha descrito, ha observado y del cual ha esquivado balas alrededor del mundo: desde América Central hasta los Balcanes, desde Oriente Medio hasta Afganistán. Probablemente el mismo tipo de arma que acabó con su vida el pasado lunes. Tenía la costumbre de coleccionar recuerdos de sus viajes: cascos de combate, casquillos de munición, binoculares, cualquier cosa que le ayudara a recordar y a comprender la experiencia vivida. Recuerdos que en parte mantenían viva la apasionada llama que tanto le motivaba. No cabe duda de que era un periodista dedicado pero me gustaría pensar que en los últimos meses contemplaba tomarse las cosas con más calma. Que ya había tenido suficiente con las guerras de los demás, que le gustaría asentarse y disfrutar de una vida normal. Aquella que le permitiera pasar más tiempo con su maravillosa esposa Mónica y con la futura familia que tenían pensado tener.
Sea cual fuere el caso, ya es demasiado tarde. Julio está muerto. Se nos ha marchado de esta tierra y todo lo que nos ha dejado son recuerdos, el grato recuerdo de un hombre excepcional, uno que haría "cualquier cosa" por un amigo, un hombre que era amable y amistoso hacia todo aquel con el que se encontrara, ya fuera un nervioso miliciano en un improvisado control de carretera o una familia de luto por alguien recientemente muerto. Tras su carisma natural se ocultaba un profesional meticuloso, un periodista nato que sabía conservar la cabeza fría. Un periodista que se aseguraba de contar la historia en términos humanos y que resultara comprensible a todo aquel que leyera su crónica. Incluso cuando las escenas de las que fue testigo sobrepasaban toda definición del horror, él las fotografiaba y describía.
Recuerdo algunas de las fotos que tomó en El Salvador, cuando nos cruzamos con un iracundo soldado del ejército salvadoreño que le estaba rebanando las orejas a un guerrillero muerto. Era una escena pavorosa, algunos afirmarían que demasiado horrible para mostrarla, pero Julio hizo todo lo posible para que su periódico la publicara.
También recuerdo su conocimiento del material bélico. Era capaz de describir cada arma, desde la pistola más pequeña hasta la pieza de artillería más pesada. Te diría su calibre, su país de fabricación y el ejército que la utilizaba.
Un hombre dulce
Por lo tanto, por una parte tenemos a Julio el consumado profesional, y por la otra Julio el hombre más dulce que jamás hayas conocido.Al igual que muchos de los que realizan esta labor, Julio estaba en guerra consigo mismo, contra aquello que él denominaba como su difícil infancia, en guerra con la sensación de no encajar por completo.
Cuando hablas con un reportero de guerra, un fotógrafo de guerra, un camarógrafo o con la mayoría de la gente que decide pasar largos periodos de tiempo en una zona bélica, llegas a la conclusión de que aparte de su vocación y de su profesionalidad, una de las cosas que comparten en común es una historia de disfuncionalidad. Con ello me refiero a padres divorciados, separados o enemistados, a muertes prematuras en el seno familiar, a una acumulación de traumas o a cualquier otra experiencia circunstancial que les separa del hombre de la calle. Somos individuos complicados que escogemos o escogimos una forma extraña de expresarnos. En el prefacio de su primer libro, una novela histórica sobre Sarajevo titulada "Sarajevo: Juicio Final", dice: "No es mi historia personal, que vale poco, ni la de otros extranjeros en el infierno. Trata de gente anónima, soldados, estudiantes, amas de casa, médicos, niños, suicidas, héroes y cobardes en una ciudad mártir que Europa no supo o no quiso defender mientras las fosas comunes se excavaban ante sus ojos y las ciudades ardían en sus televisores".
"Sarajevo: Juicio Final" contiene algunas de las descripciones más precisas y memorables de la vida durante el asedio de esta ciudad tan poco afortunada. Julio pasaba en Sarajevo largos periodos de tiempo que se medían en meses, mucho más de lo que podía soportar la mayoría de los periodistas; una ciudad a menudo sin agua y sin electricidad, donde el hecho de alimentarte o de mantenerte caliente podía requerir más esfuerzo que el escribir la crónica.A menudo, comentaba lo increíble que resultaba el que una ciudad europea contemporánea pudiera encontrarse bajo semejante asedio y con docenas de personas, en su mayoría civiles, muriendo a diario.
A Julio le gustaba contarme una anécdota de su época en Nicaragua. Sucedió en febrero de 1988, cuando se vio envuelto en una emboscada. Él y dos compañeros suyos, Edith Coron del periódico francés Liberation y su marido Peter Ford, enviado especial del Financial Times, viajaban con unos 40 guerrilleros de la Contra cuando fueron sorprendidos por un grupo de tropas sandinistas que los mantuvieron inmovilizados durante horas bajo una lluvia de balas. Julio afirma que las balas caían literalmente alrededor de sus manos: "Entre mis dedos", según me contó más tarde. Edith me dijo que Julio rezó durante toda la emboscada y que después concentró sus esfuerzos en tranquilizarla. Peter se había visto separado de ellos y no estaban seguros de cuál había sido su suerte. Más tarde, una vez que cesó el fuego, Julio y Edith se levantaron escupiendo el polvo que habían tragado. Encontraron a Peter y los tres regresaron a Managua.
Jugar con el destino
Edith, en la actualidad, es la madre de dos maravillosas criaturas y afirma que aquel incidente fue "el mayor susto de mi vida" y que poco después decidió tener a sus hijos. "No hay manera de que vuelva a jugarme la vida de esa forma", afirma Edith, "pero Julio siguió haciéndolo. Jugaba con el destino en todos los lugares del mundo".
Quizás los incidentes y experiencias de este tipo ayudan a explicar por qué algunas personas encontraban a Julio frío, distante y con otras cosas en su mente pero, para aquellos que le conocimos, sabíamos que aquello no era más que una barrera creada por él mismo que le ayudaba a negociar las prioridades en su cabeza, ya fueran las del trabajo o las de su propia vida personal.
Recuerdo que hacia el final del asedio de Sarajevo Julio vino a tomarse un par de cervezas conmigo a la oficina de Associated Press (AP). De su bolsa extrajo algunos planos de arquitecto y las fotos de un terreno ubicado en la Península. Fue entonces cuando sus ojos se iluminaron e intentó describirme la casa que pensaba construir en las montañas al norte de España. Yo estaba cansado y quizás un poco borracho, pero escuché a Julio con atención mientras me hablaba ilusionadamente sobre el río que fluía junto a la parcela de tierra que había adquirido y de cómo las águilas surcaban por encima de los riscos que la rodeaban.
Aproximadamente un año más tarde, conduje en compañía de mi mujer hasta su nuevo hogar. Un Julio radiante salió para recibirnos con su adorable Mónica, ambos sonriendo de oreja a oreja mientras nos mostraban su maravilloso refugio. El lugar me dejó anonadado. Contiguo a un parque nacional a rebosar de vida salvaje, un torrente de montaña que ruge a su lado, un escarpado risco que asciende a nuestro alrededor y que se perfila tan inclinado que parece inaccesible al hombre. Comprendí que Julio tenía otras cosas en su mente. Llegué a vislumbrar que intentaba construirse un futuro que le ayudara a compensar el caos de su vida profesional, pero a la vez construía un legado. Me gustaría pensar que nos veía ahí jugando en un futuro con nuestros niños, pero al igual que tantas otras cosas aquel pensamiento quedó pulverizado cuando el 19 de noviembre comenzaron a sonar los teléfonos y los compañeros y amigos escuchaban en un estado frenético la demoledora noticia procedente de Afganistán.
El quirófano
Mi mente me transporta de nuevo hasta Sarajevo: me encuentro sobre una camilla, desnudo y cubierto por una sábana para ser sometido a una intervención quirúrgica en el hospital Kosevo. Tengo un pequeño fragmento de metralla de mortero incrustado en mi pierna derecha. Julio está a mi lado, me tiene cogida la mano y me pregunta a quién debe llamar para informar de que estoy herido. Le di el número de mi padre en Madrid; le dije que no alarmara a nadie. Él me tranquilizó y me consoló mientras la enfermera le chillaba que abandonara la zona que antecede al quirófano. Me sonrió cuando se hizo cargo de mi reloj, me sonrió mientras la puerta se cerraba detrás de mí y los cirujanos se ponían a trabajar. Más tarde supe que había llamado a mi padre, le tranquilizó y le mantuvo informado. También descubrí que mi reloj dejó de funcionar poco después de que se lo entregara. Cuando me quejaba en broma de que él me había roto el reloj, me sonreía, me daba un abrazo y me hablaba de nuevo sobre las obras de su casa en los Picos de Europa.
Coincidimos en Bosnia, en Kosovo, en Irak y en Nicaragua. A menudo trabajábamos en solitario, cubriendo ángulos distintos de una misma historia, sólo nos volvíamos a reunir al final del día para tomar una copa, compartir una cena o discutir sobre la vida, tanto la nuestra como la de aquéllos sobre los que escribíamos, en su caso, y fotografiábamos en el mío. Éramos auténticos amigos.
Tal como ha dicho la gente, Julio era un poco sordo, bueno casi por completo en un oído y en el otro sólo cuando desconectaba el audiófono. Julio sabía sacar provecho de esta circunstancia. Cuando el bombardeo se hacía demasiado intenso y él necesitaba dormir un poco, sencillamente apagaba el audiófono. Cuando necesitaba concentración para escribir su crónica o cuando se aburría con la conversación de alguien, sencillamente giraba el botón y sonreía.
En una ocasión nos fuimos a Basora, al sur de Irak, para ver la destrucción provocada en zonas civiles por el bombardeo norteamericano. Visitamos varios hospitales, vimos toda suerte de heridos, vimos las casas destrozadas, vimos a gente traumatizada intentando recoger los pedazos que aún quedaban de sus vidas. Nuestra labor nos obligó a trabajar durante toda la noche. No cenamos. Nos fuimos a la cama con lo puesto y compartiendo una habitación. Al día siguiente, sonó mi reloj despertador. Julio estaba roncando en la cama de al lado. Dije su nombre, no reaccionó, se lo repetí un poco más alto y tampoco. Grité su nombre y entonces fue cuando vi su audiófono sobre la mesilla de noche. ¡Claro! Le agarré de la pierna, la agité y se levantó como un resorte. Me miró, sonrió y se puso el audiófono. Empezamos a reír.
Ese día nos tocaba ver el efecto de los bombardeos, a las viudas vestidas de luto y las bombas americanas, algunas sin explotar, tendidas en medio de la calle. A ello le siguió un enloquecedor viaje de 400 kilómetros por carretera hasta Bagdad. Hablamos sobre la crueldad de la guerra y sobre nuestra propia vida. Varias horas más tarde llegamos a Bagdad. Acabado el trabajo comprendimos que habíamos dado un paso más para forjar una íntima amistad.
La intensidad de vivir en una zona de conflicto resulta inigualable. Todo parece tan intenso, tan preciado, el peligro te rodea, la adrenalina corre por tus venas. La tensión se respira en el aire, resulta difícil de describir.
La experiencia vivida que se comparte en una zona de guerra crea unos lazos muy fuertes. Debido a eso me gustaría pensar que yo haría "cualquier cosa" por mis compañeros y amigos de guerra y que ellos harían cualquier cosa por mí. Julio me lo demostró siempre y pienso que yo jamás le decepcioné.
Mi mente regresa a Belgrado. El bombardeo de la OTAN se había iniciado sobre Serbia y Kosovo. Yo acababa de llegar a Belgrado tras conducir desde Prístina, donde me sentía realmente inseguro. Bandas de forajidos armados se habían concentrado en el lugar con la intención de aterrorizar a la prensa extranjera. No me avergüenza admitir que conmigo tuvieron éxito. Esa misma tarde, se dio otra orden para que los periodistas extranjeros se marcharan y eso fue lo que hizo la mayoría.
En medio de la confusión, Julio me dijo que se quedaba. A mí me preocupó su seguridad, aunque, como siempre, respeté su decisión. Así fue como nos encontramos en bandos opuestos del conflicto.Yo, en las montañas al norte de Albania para contemplar la interminable riada de refugiados kosovares que narraban horrendas historias de violación, de asesinato y de rapiña mientras que Julio se quedó en Belgrado durante semanas mientras Serbia era bombardeada por la OTAN.
Algún tiempo después logramos contactar en Prístina, donde Julio permaneció algunos días más antes de irse para disfrutar de unas merecidas vacaciones con Mónica en el Caribe. Yo bromeaba incansablemente con él, le decía que era un simpatizante serbio y que debería apellidarse Fuentovic. Él se enfadaba y me decía que su obligación era la de informar sobre ese ángulo de la historia. Yo seguía: "¿Cuándo te dan por fin tu pasaporte yugoslavo?" y entonces era cuando él comprendía que le estaba vacilando.
Kosovo
Durante el verano de 1998, compartimos un coche en Kosovo y nos dedicamos a pasar horas y horas buscando al Ejército de Liberación Kosovar (ELK). Una semana nos pasamos días y días en un apestoso café en Malisevo, una ciudad arriba en las montañas, esperando la llegada de un contacto del ELK que nunca apareció. Sobre incontables tazas de té volvimos a contar nuestra vida. Me dijo que tenía que casarme con Emma, mi actual esposa. "No puedes seguir así, haz lo correcto".
Al haberse casado recientemente con Mónica, Julio tenía cierta ascendencia moral sobre mí. Me insistía, me ordenaba. Al final, logré reunir el suficiente valor para pedir la mano de Emma, y le pedí a Julio que fuera uno de los testigos. Tuvo que alquilar un chaqué. Juntos nos dirigimos hacia la tienda y nos reímos mientras él se miraba en el espejo, bastante satisfecho de su apariencia. "Cualquier cosa por un amigo", me dijo.
Unas semanas después, como estaba previsto, allí estaba Julio. Radiante, solícito, sonriente y lleno de felicidad en mi boda. Fue tan agradable verle, a él y a tantos otros corresponsales de guerra vestidos de traje y corbata disfrutando de esta compañía en los montes cercanos a Segovia, tan lejos y tan lejano, tal como bromeábamos todos, de los cierres de edición y del peligro. Por lo que, con el cuerpo de Julio regresando por última vez a España, todos deberíamos tomarnos una pausa, dejar de hacer aquello que estemos haciendo y otorgarle a este hombre un momento de silencio. Es lo menos que podemos hacer por alguien que nos dio tanto.
Publicado el 25/11/01
en el número especial que el diario "El Mundo"
dedicó a la memoria de Julio Fuentes.
Reproducido en L'A con autorización del autor, Santiago Lyon (UPIFC). |