Sandra Balsells Cubells (UPIFC)

LAS HUELLAS DEL HORROR

Tratamiento fotográfico del 11-M.


Nunca habíamos contemplado tan de cerca una tragedia de esta magnitud. Nunca un atentado terrorista nos había conmocionado con tanta intensidad. Nunca los fotógrafos de prensa de este país se habían adentrado en un escenario tan apocalíptico como el Madrid del jueves 11 de marzo.
¿Cómo reaccionar, pues, ante esta catástrofe? ¿Cómo valorar el impacto que puede tener la difusión de imágenes tan estremecedoras cuando se tienen que publicar en cuestión de horas? ¿Cómo escoger las fotografías más indicadas para ilustrar las ediciones especiales del propio día 11 y las portadas del día siguiente?
En las redacciones de los periódicos, esta frenética toma de decisiones no fue nada fácil y, para hacer balance del tratamiento fotográfico de estos brutales atentados, no podemos obviar el estado de nervios y confusión que reinaba en las sedes de los diarios en aquellos momentos.
En primer lugar, y esto sólo es una modesta opinión personal, creo que es justo reconocer que las fotografías publicadas a raíz de los ataques terroristas del 11-M han sido, en general, bastante respetuosas con las víctimas y con los lectores. La competitividad entre los medios no ha desencadenado una lucha morbosa por publicar las imágenes más espantosas de los atentados. No tocaba. Todos entendieron que no era necesario hurgar entre tanto dolor y que se podía transmitir una idea aproximada de la magnitud de la tragedia sin ir a buscar las imágenes más sangrientas. El hecho de que los fotógrafos no pudieran acceder al epicentro de la tragedia nos ha permitido contemplarla desde una cierta distancia, sin que ello signifique, en ningún caso, mitigar su dramatismo.
Dicho esto, creo que es igualmente justo mencionar que la única fotografía que, en cierta medida, traspasó este consenso tácito de respeto fue la que se utilizó en la portada de la edición especial de El Periódico.

Una escena brutal en un momento poco oportuno

La portada de la edición especial de El Periódico exhibía una de las fotografías más espeluznantes del atentado: un plano bastante cerrado de una mujer muerta, atrapada entre los amasijos de un vagón, rodeada de dos bomberos que intentaban rescatarla. El rostro de aquella víctima era perfectamente identificable a pesar de su expresión de espanto. En el momento de sacar a la calle aquella edición especial, es decir, el mismo 11-M por la tarde, mucha gente aún no sabía si entre los fallecidos se podía encontrar algún familiar o conocido. Considero, pues, que hubiera sido mucho más prudente esperar al menos 24 horas y difundir aquella fotografía en la edición del día 12. El momento de su difusión fue, en mi opinión, poco oportuno.
Aquella fotografía de Emilio Naranjo, de la agencia EFE, no tiene el mismo efecto si se publica el mismo día del atentado que si se hace el día después. No es, por tanto, una cuestión de censurar aquella imagen, sino de mostrarla en un momento más apropiado. En este sentido, me gustaría dejar claro que yo nunca he sido partidaria de censurar imágenes por su contenido brutal o desagradable. Siempre he creído que ciertas realidades son infinitamente peores de lo que pueda mostrar una fotografía y que, por tanto, tenemos la obligación de publicarlas, siempre y cuando éstas no se recreen en una morbosidad gratuita que no aporte nada.
Pero también creo que el momento de difundir una imagen, así como su ubicación y espacio que ocupa, es extremadamente importante. El diario El Segre, por ejemplo, utilizó esta misma imagen en su portada del viernes 12 de marzo y, como decía ante-riormente, creo que el impacto fue diferente.
La fotografía de Emilio Naranjo vuelve a abrir, una vez más, la eterna polémica entre la necesidad periodística de informar con crudeza de lo acontecido y el derecho a la intimidad de las víctimas. Un debate prácticamente imposible de resolver como se ha vuelto a poner de manifiesto en el caso del 11-M.
La decisión de El Periódico puede obedecer a las prisas por sacar una edición especial pocas horas después de los atentados. Si hubiese dispuesto de más tiempo para reflexionar, quizá se hubiese obviado aquella fotografía o quizá se hubiese publicado en páginas interiores en lugar de en portada. Prueba de ello es que al día siguiente, este diario utilizó en primera pa-gina una imagen mucho más digerible, pero igualmente conmovedora: un plano general de uno de los trenes destrozados en un formato relativamente pequeño en relación con las dimensiones de la portada. En aquella primera página del día 12, la tipografía se llevó todo el protagonismo. La fotografía, en cambio, sólo ocupaba una pequeña franja en el extremo superior de la página.

Ediciones especiales en cinco horas

El resto de diarios que aquel mismo jueves 11 de marzo sacaron ediciones especiales opta-ron, como mencionaba anteriormente, por una información gráfica bastante respetuosa. Es el caso de El País, que en su portada publicó una imagen de Gorka Lejarcegi en la que se veía un plano general de unos trenes afectados por la explosión.
Por su parte, la edición extra de El Mundo utilizó en portada otro plano general de la estación de Atocha, obra de Jaime Villanueva. Este fotógrafo llegó al lugar de los hechos poco después de los ataques y, como declaró posteriormente, “poco podía prever que me esperaba la experiencia más fuerte –y peor– de mi vida”. Villanueva empezó a hacer fotos de los heridos. Enseguida oyó gritos pidiendo ayuda. Dejó la cámara sobre unas piedras y se acercó a las víctimas. “Me temblaron las piernas y creo que dije algo así como: ‘tranquilos, tranquilos’. Empecé a socorrerles como pude. Tengo claro algo: antes que fotógrafo soy persona… Y yo ya no podía seguir haciendo fotos allí (…) Nunca había visto nada parecido (…) Queda fuerte decirlo así, pero creo que hay que publicar, que hay que mostrar, todas las imágenes de una tragedia así”. Las declaraciones de Villanueva ponen de manifiesto el dilema que puede asal-tar a los informadores en situaciones extremas.
La edición especial de ABC, que se podía encontrar en los quioscos de Madrid y Sevilla cinco horas después de la primera explosión, muestra en portada una fotografía de tres bomberos al lado de uno de los vagones siniestrados. Una imagen muy descriptiva del impacto provocado por las explosiones.
Algunos de los diarios que no sacaron ediciones especiales el mismo día 11 ganaron tiempo para reflexionar y decidir, pero perdieron prestigio. Es el caso de La Vanguardia, que incomprensiblemente esperó al viernes 12 para informar a sus lectores sobre los trágicos acontecimientos de Madrid. Aquel día, el diario utilizó en portada una fotografía de Andrea Comas, de la agencia Reuters, en la que se veía el inmenso agujero, el inmenso vacío, de uno de los vagones siniestrados. Una imagen muy gráfica, muy descriptiva, pero en mi opinión emotivamente distante.
El Avui del día 12 destinó su portada y contraportada a una fotografía de gran formato en la que se veía a un joven muerto rodeado de bomberos. Una imagen dura, pero fiel a la brutalidad del atentado. El protagonismo de aquella foto no se correspondía, sin embargo, al reconocimiento que merecía el autor de aquella imagen. Su nombre no aparecía en ningún sitio.
Finalmente, la edición del viernes 12 de La Razón optó por un grafismo de gusto discutible en el que aparecían varias fotos rotuladas bajo los caracteres “11-M”. Una de las fotografías muestra el rostro de la misma mujer muerta que salía en la portada de la edición especial de El Periódico, pero con los ojos pixelados.

Fotos manipuladas: una práctica inaceptable

En mi opinión, una de las fotografías más potentes de la tragedia es la de Pablo Torres Guerrero en la que se ve un plano general de la estación de Atocha llena de gente aturdida y tendida sobre las vías junto a uno de los trenes afectados. Esta foto fue utlizada en la contraportada de la edición especial de El País del día 11 y en su portada del día 12. Pablo Torres, colaborador de este diario, vendió esa imagen a El País en exclusiva para España y la difundió al resto del mundo a través de la agencia Reuters.
Pablo viajaba, como todos los días, en un tren que se cruzó con el del atentado. Se bajó, sacó su cámara digital y empezó a hacer fotos de los heridos. Como declaró poco después, “fotografié sin fijarme, sin mirar casi, por la impresión que tenía”. Pablo fue uno de los pocos fotógrafos que consiguió acceder al lugar de los hechos antes de que acordonasen la zona.
Aquella desoladora escena de la estación de Atocha ocupó portadas de diarios de todo el mundo. Pero prácticamente ninguno publicó la imagen tal cual la había obtenido el fotógrafo, sino que la reencuadraron, retocaron o directa-mente la manipularon. Algunos editores pensaron que la fotografía original ofendería a sus lectores.
El “problema” de aquella imagen era la presencia de unos restos humanos –probable-mente un trozo de pierna– que aparecían en la parte inferior izquierda de la foto. Los diarios extranjeros consideraron aquellos restos exce-sivamente desagradables para su público y opta-ron por alterarlos. Veamos unos cuantos ejemplos.
El International Herald Tribune, haciendo uso del Photoshop, retocó aquel miembro, re-duciendo su tamaño, con el objetivo de hacer más “digerible” la escena. Publicó esta foto en portada pero en blanco y negro. El hecho de que la fotografía original fuese en color, lo que significa que aquellos restos humanos mostraban un intenso tono rojizo, aún hace más injustificable esta manipulación, ya que resulta-ba prácticamente imposible identificar aquellos restos al imprimir la foto en blanco y negro.
El diario británico The Times la utilizó en color en la página 3, borrando con el Photoshop aquel pedazo de carne y añadiendo en su lugar una pequeñas piedras similares a las que aparecían junto a las vías. Una manipulación realmente escandalosa y, en mi opinión, un claro ejemplo de falta de profesionalidad. Lo mismo hicieron diarios como el Daily Telegraph, The Sun y Daily Mail.
Por su parte, The Guardian publicó la fotografía de Pablo Torres en la portada y en color, pero decidió alterar el color rojo de aquel miembro humano convirtiéndolo en un tono gris que hacía imposible reconocer de qué se trataba. Uno de los máximos responsables de este diario declaró que el cambio de color “no era un recurso ni mucho menos perfecto”, pero que era la mejor solución.
Otros diarios británicos, como The Independent y el Daily Mirror, resolvieron el problema imprimiendo la fotografía en blanco y negro en lugar de hacerlo en color. Un buen remedio. Es evidente que no era necesario manipular la foto de Pablo Torres; era suficiente utilizar un recurso tan sencillo como éste.
El diario norteamericano USA Today también optó por dar esta fotografía en portada, pero decidió excluir aquellos restos con un criterio igualmente aceptable: reencuadrar la foto original por la parte inferior izquierda, de manera que no se viese la zona en la que se encontraba aquel miembro.
Como vemos, esta impactante fotografía de Pablo Torres plantea un serio debate ético sobre la manipulación de fotografías, una práctica peligrosa y absolutamente inaceptable en el ámbito del fotoperiodismo.
Otras publicaciones extranjeras optaron por otro tipo de imágenes. Algunas utilizaron la que, para mí, es la fotografía más significativa del 11-M. Se trata de una foto de José Huesca, de la agencia Efe, en la que se ve a un chico de 19 años, Sergio Gil, recostado sobre un árbol con la cara ensangrentada y tecleando su teléfono móvil para intentar contactar con sus padres. Esta imagen muestra de forma clara y directa la brutalidad del atentado contra personas normales, vulnerables, que aquel fatídico día viajaban en los trenes siniestrados.
El diario francés Liberation y la revista norteamericana Newsweek, entre otras publica-ciones, ofrecieron unas excelentes portadas utilizando esta fotografía a toda página.

Las fotografías más conmovedoras

Sin cuestionar en ningún momento la calidad y el valor testimonial de las fotografías publicadas aquellos días, desearía concluir este artículo señalando que, para mí, las imágenes más conmovedoras, las más dolorosas, han sido las sencillas fotografías tipo carnet que diversos diarios españoles han ido publicando, día tras día, de las víctimas mortales de los atentados.
Son imágenes sencillas, a menudo de poca calidad, que muestran con escalofriante fidelidad qué rostro había detrás de cada nombre, detrás de cada muerto. Rostros como los nuestros, sin ninguna particularidad destacable. Pero, precisamente por ello, tan próximos, tan familiares. Sonrisas congeladas que nunca más volverán a posar para la cámara. Miradas directas, intrascendentes, captadas un día cualquiera. Rostros de personas normales que aquel 11 de marzo, a primera hora de la mañana, se despidieron de sus familiares sin saber que era el último adiós.
Rostros que no volverán a ser retratados nunca más. Fotografías tremendamente con-movedoras por su proximidad. Quizá porque son las mismas fotografías que podríamos encontrar en cualquiera de nuestros docu-mentos de identidad, en cualquiera de nuestros dormitorios. Fotografías que a mí me han partido el corazón.

 

Sandra Balsells Cubells es fotoperiodista, profesora de la Facultad de Comunicación Blanquerna (Universitat Ramon Llull), autora del libro “Balkan in memoriam” y miembro del Consejo Directivo de la UPIFC.

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