Foto publicada en L'A27 - 1r Trim 2002
 
CIEN AÑOS Y DOSCIENTOS CINCUENTA Y OCHO DÍAS
Por Silvia Arellano / LACUCARACHA
"Mi obra es de encargo. No es un encargo explícito, sino implícito de la sociedad en la que estoy viviendo" - Manuel Álvarez Bravo

19 de octubre de 2002, 6:50 horas, cien años y doscientos cincuenta y ocho días de pintar ideas y sentimientos a través de la luz se terminan. Murió el maestro Don Manuel Álvarez Bravo. Quién tuviera la dicha de contar con el don que acompañó al maestro desde el 4 de febrero de 1902, que en el México del recién nacido Siglo Veinte vio por primera vez la luz, musa y cómplice a lo largo de sus días.

Manuel Álvarez Bravo compró su primera cámara en 1924 y comenzó a aprender la fotografía, pasión autodidacta que enriqueció con los consejos de proveedores fotográficos y por la influencia de importantes figuras como Edward Weston y Tina Modotti.

En 1930 se dedica a fotografiar muralistas y a trabajar por su cuenta en la revista Mexican Folkways; y en 1932 la galería Posada acoge su primera exposición individual. Sus fotografías, llenas de fuerza y sensibilidad estética, fascinaron a André Bretón, y en 1938 se incluye la obra de Álvarez Bravo en una exposición surrealista en París. A partir de entonces, la obra del "alquimista de la luz" comienza a recorrer las principales capitales del mundo y a darle merecidos reconocimientos entre los que destacan el Premio Nacional, México 1975; la condecoración oficial de la Ordre des Arts et Lettres Français, 1981; el Premio Víctor Hasselblad, Suecia, 1984 y el Master of Photography del ICP, Nueva York, EUA, 1987.

Manuel Álvarez Bravo dio rostro impreso a todos los Méxicos que somos, los hizo poesía, danzó con la luz que acaricia un desnudo, que se desliza sobre los bordes de un maguey. Fue capaz de convertirse en el tejedor de la historia fotográfica de nuestro país al registrar el paso del Siglo Veinte a través de pies descalzos, indígenas evasivos, paisajes esplendorosos o cuerpos caídos en la lucha por la dignidad. Su arte lo incluye dentro de los mejores fotógrafos del mundo. Su fallecimiento es motivo de tristeza, no sólo por la calidad de su obra y la importancia de su legado sino porque los que tuvieron la oportunidad de conocerle lo describen como una persona modesta y generosa, capaz de ofrecer sus conocimientos a quienes se le acercaran.

Antes de partir, Álvarez Bravo tuvo la dicha de recibir un homenaje en vida justo el día que cumplió un siglo de nacido. Con este motivo, familiares, amigos, colegas, discípulos y gente admiradora de su obra llenó el Palacio de Bellas Artes de México, de igual manera que el pasado 19 de octubre, en esta ocasión para despedirlo con la inmensa gratitud de todo un pueblo que permanecerá maravillado por la sensibilidad y sencillez del maestro que nos narró cien años y doscientos cincuenta y ocho días de luz.

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