L'A 28 - 2on Trimestre 2002

El estigma de la lepra

Yahvé habló a Moises y a Aarón, diciendo: "cuando uno tuviere en la piel de su carne tumor, pústula o mancha reluciente que podría resultar ser llaga de lepra en la piel de su carne, será llevado al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los sacerdotes. El sacerdote examinará la llaga en la piel a uno de su carne; y si el pelo de la llaga se ha vuelto blanco, y la llaga parece más hundida que la piel de su carne, es llaga de lepra; y el sacerdote que le hay examinado, le declarará impuro (...). El afectado por la Lepra, llevará sus vestidos rasgados, dejará descubierta su cabeza, se tapará la boca y caminará gritando: ¡impuro, impuro!. Todo el tiempo que durare la plaga quedará impuro; impuro es; habitará solo; fuera del campamento será su morada".

Es la Lepra

© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
Manuel Capao, 62 años. En Culión desde 1951. Con su gato. Filipinas (Culión).
En este extracto de la Ley acerca de la lepra, del Levítico, se refleja en cierta manera la desalentadora situación a que se han visto sometidos desde siempre los afectados por la que hoy día es una de las enfermedades casi olvidadas del ser humano: la lepra. Los orígenes, aunque no muy definidos, se sitúan probablemente en la India, pues la primera descripción auténtica sobre las varias formas de la lepra proviene de ese país. Allí fue denominada "Kushta", palabra que proviene de "Kushnati" y que significa corroerse en sánscrito. Las colonizaciones, invasiones y migraciones, se encargaron sin duda de expandir dicha enfermedad por todo el mundo.
© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
José Dino, Culión 1936 - 2000. Con sus amuletos. Filipinas (Culión).

UNA DE LAS HISTORIAS
Corría mes de Abril de 1936, hace ya 66 años. La isla de Culión, en el mar de la China meridional, en Las Filipinas, albergaba una importante población de americanos para aislarlos, a fin de evitar la propagación de dicha enfermedad por el resto del país. Una de aquellas mañanas, nacía de padres leprosos un niño sano pero al que el destino le tenía previsto algo realmente cruel, algo que iba a marcarle para el resto de su existencia. Unas manchas en la piel, cuando apenas contaba con siete años de edad, fueron la señal de que a José Dino no le esperaba una vida normal. El estigma de la lepra hacía presa en él. Precisamente, en aquella época sobrevolaban la isla los aviones de combate de la 2da Gran Guerra mientras él pescaba en la Bahía con sus amigos y en el horizonte se recortaban enormes navíos de guerra expectantes.
Los primeros años y durante la adolescencia todavía resultaron llevaderos. Dino tenía "suerte" de haber nacido en una isla-leprosería. Por lo menos, allí no era del todo marginado, existía una cierta conciencia. Aunque también un aislamiento total, ya que hasta el dinero era de curso exclusivo para el interior de la isla. El muchacho no tardó en conseguir algunos empleos dentro de la colonia. Si hubiera estado fuera hubiera sido peor. Así, fue monaguillo durante 7 años, trabajó como conductor, jardinero, barrendero, inspector sanitario, tendero, capataz de obra, enfermero de leprosos e incluso aprendió, cuando aún tenía manos, a tocar el piano, la guitarra y el violín.
De esta forma, llegó el momento de crear una familia. Con esa intención fue con la que se casó, el 18 de Septiembre de 1960, con una mujer también afectada por la enfermedad. Pero ella tuvo más suerte, puesto que a los cinco años se curó de forma definitiva y dejó a Dino poco después.
La enfermedad fue ganando terreno y Dino, perdiendo vida. Amputaciones, rechazo y desesperación marcaron su existencia desde entonces. Pronto, su mundo físico se limitó a un área de unos 20 m2, donde se ubicaban su cama y su taquilla dentro del pabellón de inválidos del Sanitarium. Leer lo poco de que disponía, contemplar la televisión unas horas al día, hasta que cortaban la electricidad en la colonia, charlar con los compañeros leprosos o con amigos que le visitaban y, de tanto en tanto, cantar alguna canción de desengaño en tagalo o visaya junto a su amigo Onofre Simpson, conformaban sus actividades cotidianas. Una ruinosa y antiquísima silla de ruedas, donada por los japoneses muchos años atrás, y una pierna de madera con correas de cuero eran sus medios para desplazarse. Esta última la utilizó poco, pues empleaba la silla de ruedas o sus propios muñones para moverse por el suelo del pabellón.
Durante años, sintió una impotencia corrosiva, una rabia terrible y contenida por la carga que había tenido que llevar durante toda su vida, pero ese estigma, esas pesadillas, pasaron a un segundo plano: al final aceptó las cosas como eran, asimiló su situación y eso le ayudó a llegar al final de sus días de una forma más plácida.
José Dino murió en Noviembre del año 2000. Conocerle me infundió una fuerza y unas ganas de vivir que todavía hoy no puedo explicar. Moverme por el mundo en busca de otros leprosos, otros impuros, para mostrárselos a los puros, es mi modesto homenaje a Dino.


ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)

© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
Ancianos leprosos, rechazados absolutos de la sociedad india, no pueden apenas mendigar. India (Bombay)
© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
La vida de un leproso es una vida segada, partida, a medio camino de la muerter. Filipinas (Culión)
© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
James es leproso desde hace 35 años, nació en Andra Pradesh. Apenas recuerda nada de su infancia. India (Bombay).
© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
José Dino, Culión 1936 - 2000. Su poco utilizada pierna artificial. Filipinas (Culión).
© ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
La lepra es una enfermedad difícil de contagiar.
Abrazar a un leproso le supone una inyección de vida. Filipinas (Culión).
 
 
 
 
 
 
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