"Tanto recurrieron los
santos a la facilidad de la paradoja que es imposible
no citarlos en las tertulias"
E.M. CIORAN
"Con el diafragma a f 5.6 bastará",
se dijo Greg Marinovich al comprobar que el fotómetro
de su cámara no funcionaba. Frente a él,
un hombre acuchillado, maltrecho y envuelto en llamas
corría hacia su inevitable fin. La foto mostraba
a un hombre de mediana edad acusado de ser un zulú
del Partido Inkata por los jóvenes del ANC
(Congreso Nacional Africano), el 15/09/90 en una zona
de alta tensión en Soweto.
La instantánea se publicó en AP y su
autor empezó a cobrar notoriedad. En abril
de 1991, se le concedió el Pulitzer de fotoperiodismo
por su trabajo en la guerra de los Albergues. A finales
de 1990, Joao Silva, el coautor del libro y superviviente,
junto a Marinovich, del "Club Bang Bang"
recibía su bautismo como fotógrafo de
escenas violentas en el campo de ocupantes ilegales
de Phola Park de Thokoza. Silva que llegó a
Suráfrica a los nueve años, desde la
por entonces colonia portuguesa de Mozambique, descubrió
al crecer que quería convertirse en fotógrafo
de guerra.
Tanto él como Marinovich y el resto del grupo
bang bang, comprobaron que las cámaras no siempre
protegen del horror que se fotografía. Ken
Oosterbroek, que ganó el primero de sus dos
premios "Ilford" al mejor fotógrafo
de prensa surafricana en 1989, había escrito
en su diario en sus comienzos profesionales: "Espero
morir con la mejor fotografía de guerra de
todos los tiempos en el carrete de la cámara;
si no es así, no habría valido la pena".
Oosterbroek murió sin conseguir su propósito
en abril de 1994, como consecuencia de un disparo
¿fortuito? en la ciudad dormitorio de Thokoza.
La imagen de un buitre acechando a una niña
desmayada y agonizante de hambre sobre la arena en
Sudán dio la vuelta al mundo.
Publicada en la última edición del New
York Times, el 30 de marzo de 1993, consagró
a Kevin Carter al conseguir un Pulitzer de Fotografía.
Pero también creó en su autor una angustia
que se instaló en las crisis de inestabilidad
que sufría, y que su adicción a las
drogas empeoraba. Le preguntaban continuamente, y
desde diferentes partes del mundo, si había
salvado a la niña, o si la había dejado
a merced del buitre una vez hecha la foto. Kevin Carter
se suicidó en 1994. La fotografía, mejor
dicho, el fotoperiodismo, fue el nexo de unión
de estos cuatro jóvenes. Su amistad, competencia
y entrega profesional en aquellos últimos años
del apartheid, quedan reflejados en este libro, tanto
en sus fotografías, como en un texto escrito
desde la intimidad de sus vidas, que explica quiénes
eran, y el porqué de "El Club del bang
bang".
Del cuarto oscuro de una época no tan lejana,
Greg Marinovich y Joao Silva revelan la película
del horror sudafricano, cuando las fuerzas de seguridad
blancas fomentaban las rivalidades interétnicas,
y armaban a los guerreros del Inkatha, adiestrando
militarmente a sus miembros para que masacraran, con
la connivencia de la policía, a los"camaradas"
del ANC. De todo ello fueron testigos excepcionales
para informar al mundo de lo que sucedía.
Marinovich pagó su tributo en sangre en dos
ocasiones,y fue amenazado de muerte cuando cumplía
su misión en Soweto por la Vlakplaas, la tristemente
famosa unidad policial, responsable de múltiples
asesinatos de surafricanos negros. "El club del
bang bang" rescata del olvido también
a grandes fotógrafos negros, como Peter Magubane,
quien se dedicó desde mediados de los años
cincuenta hasta principios de los sesenta, a denunciar
con su cámara a granjeros blancos que tiranizaban
brutalmente a sus obreros negros.
Por ello, Magubane, sufrió penas de prisión
en dos ocasiones. Como ejemplo del funcionamiento
de la justicia surafricana, una de las veces pasó
quinientos ochenta y seis días aislado en una
celda sin que se presentaran cargos contra él.
O Sam Nzima, autor de la imagen sudafricana probablemente
más famosa, que recoge a un niño transportando
a duras penas a un compañero de clase, Hector
Peterson, herido de muerte por la policía en
el levantamiento del 16 de junio de 1976 en Soweto.
Ramón Lobo, veterano reportero que conoce y
ama África, dice en su acertado prólogo:
"El fotógrafo que fotografía y
corre acaba poniendo rostros a los muertos y descubre
los colores íntimos de un féretro cualquiera
y a través de ellos distingue una realidad
inmensa que no cabe en los encuadres". Esta es,
en esencia, una de las realidades que aborda este
libro: una historia en blanco y negro que se sale
del encuadre para adentrarse en la sensibilidad de
quienes lo lean.
Paco Luís
del Pino (UPIFC)
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