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L'A 26 - 4to
Trimestre 2001
LA
CARRETERA
DE LOS YUNGAS
Por Jordi Camí
(UPIFC)
y Gemma Freixas
..."Este reportaje refleja la vida que discurre alrededor de la endiablada carretera que une La Paz y la región de los Yungas en Bolivia. Sus usuarios son en su mayoría gente humilde que lleva sus mercancías o que va a la capital en busca de una vida mejor." |
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Hay quien dice que es la carretera
más peligrosa del mundo, que en sus curvas y
desfiladeros habitan espíritus que pugnan entre ellos
para distraer al conductor y atraerlo al fatal abismo.
Pero lo cierto es que no es necesaria la ayuda sobrenatural
para explicar la peligrosidad de esta vía que
une el altiplano boliviano con la zona subtropical de
los Yungas.
Pocas
rutas en el mundo salvan un desnivel tan extremo, de
casi 3.000 metros de altura en apenas dos horas de trayecto,
y además son usadas a diario por todo tipo de
transporte.
Desde
La Paz la carretera asciende suavemente, asfaltada y
sin grandes curvas, como para dar confianza al viajero.
El trayecto transcurre entre el desolado paisaje del
altiplano con la permanente presencia de las cumbres
de la Cordillera Real moteadas de nieves perpetuas y
suaves montículos en los que pacen rebaños
de llamas y alpacas.
A
pocos kilómetros de La Paz el control policial
de Kalajahuira obliga a parar a todos los conductores
para revisar los papeles y la carga. Un enjambre de
vendedores rodea los vehículos de pasajeros, hay de
todo para llevar o para comer aquí mismo: pollo frito
con papas y arroz, fruta, galletas, refrescos.
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| © JORDI CAMÍ
(UPIFC) |
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© JORDI CAMÍ
(UPIFC)
Viajar
en las cajas de los camiones es más barato
que en los autobuses, pero al mismo tiempo mucho
más incómodo por el frío
y la lluvia, además de peligroso.
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© JORDI CAMÍ
(UPIFC)
El
parque móvil boliviano está compuesto
en su mayoría de viejos vehículos
de importación de los que muchas veces
es difícil conseguir recambios.
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JORDI CAMÍ (UPIFC) |
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| © JORDI CAMÍ (UPIFC) |
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| © JORDI CAMÍ (UPIFC) |
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Al poco
rato Wilson, nuestro conductor, entra sonriendo con
sus víveres y continuamos el ascenso. A los rebaños
de llamas se han unido decenas de perros solitarios
que como centinelas se apuestan casi a cada 100 metros
de la calzada. "Son los representantes de los achachillas
, los espíritus que habitan las montañas,
nosotros los cuidamos y les damos de comer para que
ellos protejan nuestras andaduras" dice Wilson echándoles
pan por la ventanilla.
A
él le ha ido bien, nos explica con su sonrisa
desdentada, lleva 24 años haciendo este trayecto,
ha tenido sustos pero nunca un accidente grave aunque
ha visto demasiados vehículos despeñados
como para no dar gracias a dios cada vez que acaba el
trayecto.
Con la apariencia benévola de una carretera más,
la línea de asfalto nos conduce a La Cumbre,
el punto más alto del trayecto a 4.600 metros
de altitud. Todos los conductores se santiguan al iniciar
el descenso, también lo harán ante todas
y cada una de las cruces que jalonan el recorrido, testimonios
de los accidentes que ha habido en la carretera.
Un
nuevo control de policía, el de Chusquipata,
nos hace parar y otra vez revisan las arcas del autocar
en busca, nos dicen, de hojas de coca ilegales. Una
tranca regula el acceso. A partir de mayo de 1999, y
ante el preocupante índice de accidentes, las
autoridades regionales decretaron el estado de emergencia
y el sentido único de circulación según
la franja horaria. Así por las mañanas
sólo es posible ingresar en la zona de los Yungas
y por la tarde sólo salir. Y es que aquí
toda precaución es poca.
La
pista es endiablada: tan solo una estrecha cinta horadada
en las escarpadas paredes, en la que apenas queda espacio
para un camión. Una espesa vegetación
tapiza los muros del abismo, la humedad y los saltos
de agua en determinados recovecos hacen tremendamente
resbaladizo el suelo. Y la carretera desciende constantemente,
desde los 4.600 metros de La Cumbre hasta los 1.750
de la población de Coroico, todo ello en apenas
90 kilómetros. La sensación es vertiginosa
y no apta para cardiacos.
Las
ventanillas del autocar parecen abrirse al acantilado
y en las curvas da la impresión que alguna rueda
podría no tocar firmemente el suelo. El conductor
intenta sortear los charcos de agua buscando el lugar
donde la tierra se agarre más, "y esto no es
nada, en verano con las lluvias todo esto es un lodazal
y entonces sí que hay que ser muy hábil
y encomendarse a la virgen."
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© JORDI CAMÍ (UPIFC)
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| © JORDI CAMÍ (UPIFC) |
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Pero
por muy peligrosa que sea la carretera es la única
vía que une la capital y el altiplano con los
fértiles valles húmedos de los Yungas,
donde entre otras cosas se cultiva la mayoría
de la planta de coca destinada al uso tradicional andino.
Cada día circulan por este camino de trocha cientos
de camiones y autobuses atiborrados de personas o mercancías,
muchos de ellos en precario estado de ruedas o frenos.
Y
por si fuera poco los sueldos de los conductores de
estos vehículos son tan bajos que se ven obligados
a trabajar más horas de las recomendables. Todo
ello configura un cóctel mortal. No hay estadísticas
globales sobre la cantidad de accidentes que ha habido
en esta vía, pero un informe del Banco de Desarrollo
Interamericano la catalogó como la carretera
más peligrosa del mundo. En la memoria de todos
está el accidente que en 1983 se llevó
la vida de 100 viajeros cuando el camión que
los transportaba cayó al vacío.
Miles
de personas arriesgan diariamente su vida en esta peligrosa
vía, pero también las hay que viven de
ella. En un país considerado como uno de los
más pobres de América Latina nada se desaprovecha.
Lucas es patrón de una brigada que se dedica
a rescatar y recuperar los restos de los vehículos
accidentados. Con viejas cuerdas se cuelgan de los acantilados
para hacer subir ruedas, ejes de transmisión
y chapa, "subimos todo los que podemos, prácticamente
todo es recuperable, lo malo es que hay cosas que tienes
que dejar, bajar a por ellas es tentar al diablo".
El
tráfico es continuo. Hay pocos automóviles
privados, el flujo principalmente es de grandes vehículos
que hacen las veces de transporte público: camiones
que alternan la carga con pasajeros que viajan en la
caja descubierta, desvencijados autobuses, furgonetas
atestadas. No hay paradas establecidas en la carretera.
Cualquiera que necesite una "movilidad" como alí
le llaman, tan sólo tiene que parar un vehículo.
Es una buena manera de redondear el magro sueldo de
los transportistas y la razón de la alta mortandad
cuando hay un siniestro. Yolosa es la población
al final de la endiablada sucesión de curvas.
La localidad es tan sólo un puñado de
talleres, puestos de comida y rudimentarias pensiones
que económicamente dependen exclusivamente de
la carretera. A partir de aquí el camino se dirige a
Coroico internándose en la región subtropical
de los Yungas.
Gemma
Freixas
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© JORDI CAMÍ
(UPIFC)
Un
ayudante de autobús silba para llamar al
conductor en una parada para repostar combustible.
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© JORDI CAMÍ (UPIFC)
Numerosas
cruces recuerdan las tragedias ocurridas a lo
largo de la carretera de los Yungas.
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