|
L'A 28 - 2on Trimestre 2002
El estigma de la lepra
Yahvé habló a
Moises y a Aarón, diciendo: "cuando uno
tuviere en la piel de su carne tumor, pústula
o mancha reluciente que podría resultar ser llaga
de lepra en la piel de su carne, será llevado
al sacerdote Aarón o a uno de sus hijos, los
sacerdotes. El sacerdote examinará la llaga en
la piel a uno de su carne; y si el pelo de la llaga
se ha vuelto blanco, y la llaga parece más hundida
que la piel de su carne, es llaga de lepra; y el sacerdote
que le hay examinado, le declarará impuro (...).
El afectado por la Lepra, llevará sus vestidos
rasgados, dejará descubierta su cabeza, se tapará
la boca y caminará gritando: ¡impuro, impuro!.
Todo el tiempo que durare la plaga quedará impuro;
impuro es; habitará solo; fuera del campamento
será su morada".
Es la Lepra
|
|
UNA DE LAS HISTORIAS
Corría mes de Abril
de 1936, hace ya 66 años. La isla de Culión,
en el mar de la China meridional, en Las Filipinas,
albergaba una importante población de americanos
para aislarlos, a fin de evitar la propagación
de dicha enfermedad por el resto del país. Una
de aquellas mañanas, nacía de padres leprosos
un niño sano pero al que el destino le tenía
previsto algo realmente cruel, algo que iba a marcarle
para el resto de su existencia. Unas manchas en la piel,
cuando apenas contaba con siete años de edad,
fueron la señal de que a José Dino no
le esperaba una vida normal. El estigma de la lepra
hacía presa en él. Precisamente, en aquella
época sobrevolaban la isla los aviones de combate
de la 2da Gran Guerra mientras él pescaba en la
Bahía con sus amigos y en el horizonte se recortaban
enormes navíos de guerra expectantes.
Los primeros años y durante la adolescencia todavía
resultaron llevaderos. Dino tenía "suerte"
de haber nacido en una isla-leprosería. Por lo
menos, allí no era del todo marginado, existía
una cierta conciencia. Aunque también un aislamiento
total, ya que hasta el dinero era de curso exclusivo
para el interior de la isla. El muchacho no tardó
en conseguir algunos empleos dentro de la colonia. Si
hubiera estado fuera hubiera sido peor. Así,
fue monaguillo durante 7 años, trabajó
como conductor, jardinero, barrendero, inspector sanitario,
tendero, capataz de obra, enfermero de leprosos e incluso
aprendió, cuando aún tenía manos,
a tocar el piano, la guitarra y el violín.
De esta forma, llegó el momento de crear una
familia. Con esa intención fue con la que se
casó, el 18 de Septiembre de 1960, con una mujer
también afectada por la enfermedad. Pero ella
tuvo más suerte, puesto que a los cinco años
se curó de forma definitiva y dejó a Dino
poco después.
La enfermedad fue ganando terreno y Dino, perdiendo
vida. Amputaciones, rechazo y desesperación marcaron
su existencia desde entonces. Pronto, su mundo físico
se limitó a un área de unos 20 m2, donde
se ubicaban su cama y su taquilla dentro del pabellón
de inválidos del Sanitarium. Leer lo poco de
que disponía, contemplar la televisión
unas horas al día, hasta que cortaban la electricidad
en la colonia, charlar con los compañeros leprosos
o con amigos que le visitaban y, de tanto en tanto,
cantar alguna canción de desengaño en
tagalo o visaya junto a su amigo Onofre Simpson, conformaban
sus actividades cotidianas. Una ruinosa y antiquísima
silla de ruedas, donada por los japoneses muchos años
atrás, y una pierna de madera con correas de
cuero eran sus medios para desplazarse. Esta última
la utilizó poco, pues empleaba la silla de ruedas
o sus propios muñones para moverse por el suelo
del pabellón.
Durante años, sintió una impotencia corrosiva,
una rabia terrible y contenida por la carga que había
tenido que llevar durante toda su vida, pero ese estigma,
esas pesadillas, pasaron a un segundo plano: al final
aceptó las cosas como eran, asimiló su
situación y eso le ayudó a llegar al final
de sus días de una forma más plácida.
José Dino murió en Noviembre del año
2000. Conocerle me infundió una fuerza y unas
ganas de vivir que todavía hoy no puedo explicar.
Moverme por el mundo en busca de otros leprosos, otros
impuros, para mostrárselos a los puros, es mi
modesto homenaje a Dino.
ALFONS RODRÍGUEZ (UPIFC)
|