Todos sabíamos
que llegaría el día que los cuarteles del
paseo Torras i Bages de Sant Andreu (Barcelona) serían
desalojadas y, finalmente, demolidas. Asimismo, habíamos
soñado que, de alguna manera, la situación
de los inmigrantes mal llamados "sin papeles"
mejoraría. Por desgracia, sólo fue eso:
un sueño.
Más de mil personas encontraron su hogar en
aquellas instalaciones militares de 90.000 m2, abandonadas
por el Ministerio de Defensa en 1996. De esta forma,
la antigua escuela militar se convirtió en
la casa ocupada más grande de Europa. Inmigrantes
de más
de treinta nacionalidades diferentes compartieron este
espacio con okupas y personas sin techo de la Unión
Europea. Ninguno de ellos escogió vivir ahí
para comprender y apreciar mejor la diversidad del
mundo. Su motivación era mucho más urgente:
sobrevivir.Aunque no hubiera ni agua ni luz, tenían
un techo bajo el cual dormir. Buscando entre los desperdicios,
encontraron muebles, colchones y otros objetos con
los que acondicionar su nuevo hogar. Algunos transportaban
agua en bidones desde las fuentes más cercanas,
mientras los más
audaces se conectaban peligrosamente al alumbrado público
para tener luz y calefacción. La comida de
todos era, a menudo, aquella que tiraban los comercios.
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Pero
no pensemos que Torras i Bages era una comunidad,
porque nunca lo fue. Allí se
llegaba sólo o en pequeños grupos y,
aunque cada uno cargaba con su propia huida, todos
compartían un presente de lucha y la misma esperanza
de futuro. Unos pocos afortunados ya habían
conseguido los soñados papeles para poder trabajar
legalmente. No obstante, sus pequeños ingresos
no les permitían acceder al alquiler de un habitáculo
sin sacrificar la ayuda económica que sus familias
necesitaban en sus países de origen. Otras veces,
aquellos que sí podían pagar un alquiler
no contaban con ahorros suficientes para hacer frente
a las garantías iniciales exigidas por los propietarios.
Y en el peor de los casos, eran mal recibidos a causa
de sus acentos o de sus nacionalidades.
Cada vez vivían más personas en los
cuarteles -hasta 800 a la vez-, pero incompresiblemente
nadie hacía nada. El Ministerio de Defensa,
propietario de los terrenos, y el Ayuntamiento de Barcelona,
comprador de los mismos, no se ponían de acuerdo.
Ninguno de los dos quería asumir la carga de
sus ocupantes. En realidad, fueron los vecinos quienes
con sus quejas continuadas y sus sonoras manifestaciones
para exigir unos equipamientos prometidos hace 20 años,
quienes despertaron a la Administración de su
letargo. Esta amenaza provocó un cambio positivo
en los habitantes de los cuarteles, y con la ayuda
de algunas personas y colectivos como Papeles para
Todos, consiguieron organizarse para salir al exterior
y reivindicar sus necesidades. Proponían la única
solución posible: un permiso de trabajo temporal
que les permitiera salir del bucle en que se encontraban.
Pocos días antes del juicio motivado por la
demanda presentada por el Ministerio de Defensa para
desalojar urgentemente los cuarteles, entraron las
brigadas de limpieza del Ayuntamiento con la intención
de desratizar el recinto y llevarse la enorme cantidad
de desperdicios acumulados durante meses. Sorprendentemente,
no empezaron por los espacios más vacios, sino
que derrumbaron los pocos edificios que aún
estaban desocupados. El fin del sueño se palpó ese
día.
El 21 de julio de 2003 tuvo lugar la vista del juicio,
en que 13 abogados -12 de oficio- tuvieron que defender
a unos 500 inmigrantes. Muchos no habían
podido entrevistarse previamente con sus clientes, o lo hicieron sin ningún
traductor. La jueza no consideró que hubiera indefensión, y el
abogado del Estado pidió el desnonamiento por la vía de urgencia
mediante la habilitación de días festivos y del mes de agosto.
Aunque la jueza desestimó la petición, la suerte estaba echada.
Durante el mes de agosto
se intensificó la
presencia policial. El asedio era tan grande que algunos
de los inmigrantes no pudieron salir a la calle para
buscar comida durante días. Más de 400
personas fueron detenidas y 270 deportadas a sus países
de origen. La única detención que llegó a
la opinión pública fue la de Yerko Toro,
el representante más visible de los habitantes
de los cuarteles. Fue una detención selectiva,
un aviso para dar a conocer las reglas del juego. Permaneció más
de 30 días detenido en la comisaría de
la Verneda y estuvo a punto de ser expulsado a Chile.
Mientras, los derribos continuaban
a un ritmo frenético.
Se demolieron muchos habitaciones "por error" y
se hicieron desaparecer las únicas duchas del
recinto instaladas meses antes por Médicos del
Mundo con gran acierto. El Ayuntamiento sostenía
que se trataba de trabajos de limpieza y de realojamiento
voluntario. Sus trabajadores sociales y los miembros
de la Cruz Roja convencían a los inmigrantes
para que aceptaran realojarse en una pensión
-durante un máximo de tres meses-. Los presionaban
sin ningún escrúpulo.
Muchos inmigrantes tenían miedo de salir de
su casa porque esta podía ser derribada en cualquier
momento. La policía empezó a entrar indiscriminadamente
en los habitáculos, a menudo usando la violencia.
Delante del Síndic de Greuges se denunciaron
palizas a seis inmigrantes por parte de los cuerpos
de seguridad del Estado. Mientras, las televisiones
y los titulares de algunos periódicos destacaban
la acción humanitaria de la Cruz Roja y el creciente
número de inmigrantes realojados. La opinión
pública dormía con la conciencia tranquila
y los gobernantes empezaban a respirar.
Cuando la jueza dictó sentencia a mediados de noviembre, unas 300 personas
estaban aún en los cuarteles -algunas habían vuelto después
del realojo temporal-, y la mayoría de los edificios habían sido
derribados. Incluso los tabiques interiores de los edificios principales del
paseo habían sido destrozados para forzar la marcha de los últimos
ocupantes. Dice la sentecia: "Todos los ocupantes deberán entregar
el inmueble en el plazo de un mes, cuidando los demandados de retirar los muebles
y enseres de su propiedad que se encuentran en dichos inmuebles, dejándolos
libres, vacuos y expeditos (
) Esta resolución es firme y contra
la misma no cabe recurso alguno". Este terminio finalizó el 27
de diciembre, dos días después de Navidad, tradicionalmente tiempo
de amor y de fraternidad en nuestras tierras.
Incomprensiblemente, algunos creen que los problemas desaparecen al dispersarlos:
son los gobernantes simples e inconsecuentes. Su creatividad para resolver
problemas es tan pobre que la idea más brillante que propusieron fue
pagar un billete de avión hasta Barcelona a algunos de los que llegaban
a Fuerteventura en patera, y recomendarles los cuarteles como sitio para vivir. ¿Sería
para el Fòrum de las Culturas? O, tal vez, son más listos de
lo que parecen y confiaban que los recién llegados pudieran establecer
amistad con los ghaneses que llevaban más de un año habitando
los cuarteles, aquellos que anteriormente habían vivido durante meses
bajo las estrellas de la plaza Cataluña y que, después de ser
expulsados, decidieron peregrinar por diferentes espacios de la ciudad hasta
que una detención masiva en la plaza André Malraux el 17 de agosto
de 2001 acabó con 185 detenidos y 85 expulsiones directas. No hay duda
que ellos serían los mejores mensajerons de cómo se acaba en
estas tierras con los sueños de los más incautos. |